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La mítica Sala de Ámbar,
considerada la “Octava Maravilla del Mundo”, desapareció
misteriosamente en 1945 y todavía no se ha logrado dar con su paradero.
Se llama así por que sus paredes estaban recubiertas de ámbar, una
valiosa resina fósil del color de la miel. |
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El maestro italiano Rastrelli, arquitecto del Palacio de Invierno
(Ermitage), fue a quien la zarina encargó dirigir los trabajos. Entre
el mobiliario de la sala había una cómoda realizada por ebanistas
berlineses en 1.711. Ese mueble y uno de los cuatro mosaicos, el
denominado “Los sentidos del tacto y del olfato”, son las dos únicas
piezas originales que se han conservado.
La habitación real fue saqueada por soldados de la Wehrmacht en 1.941 y llevada a un castillo de Königsberg, (actual territorio ruso de Kaliningrado).
Desde allí, en 1945, fue trasladada a un lugar desconocido. La cómoda
fue hallada por casualidad en 1.997, en el almacén del museo berlinés
de artes aplicadas, y el mosaico apareció, aquel mismo año, cuando el
hijo del soldado alemán que se apoderó de él, un tal Achtermann, se
proponía venderlo por 5 millones de marcos. Tras la contienda, Achtermann
se llevó el mosaico a su casa y su hijo Herbert se lo encontró en el
desván, en 1978. Lo colgó en el recibidor y, 19 años más tarde, supo
que lo que tenía en su casa era una obra de arte muy buscada y de gran
valor.
En mayo 2003, se terminó de reconstruir en su emplazamiento primigenio, es decir en el palacio de Catalina II de Tsárskoye Seló, (afueras de San Petersburgo),
una réplica exacta del salón perdido. Se emplearon seis toneladas de
ámbar. Los trabajos comenzaron en 1979 y se utilizaron como modelo
viejos dibujos y fotografías en blanco y negro. El conjunto está
compuesto por un total de medio millón de piezas de ámbar.