Cuando el enemigo veía este gesto, comprendía el mensaje: "Cuidado que aún tengo dedos para armar mi arco y disparar mis flechas".
Cuando alguno de estos hombres era hecho prisionero y si la Diosa Fortuna lo dejaba ser canjeado por una suma de dinero como rescate, se le amputaban los dedos índice y corazón, asegurándose de esta forma que nunca más volvería a disparar una flecha.