Una curiosa historia.
En 1824, un carpintero jubilado conocido como Lozier a secas afirmó que la isla de Manhattan estaba en inminente peligro de hundirse a causa de la excesiva cantidad de edificios construidos en su parte sur. Según él, había que cortar la isla por la mitad, remolcar la parte sur hasta el puerto de Nueva York, darle media vuelta y luego unirla otra vez.
En esa época de impresionantes avances industriales y científicos, pocos dudaron de la posibilidad de realizar tal maniobra. Se contrató a muchos trabajadores, a los que Lozier preguntaba cuánto tiempo podian contener la respiración bajo el agua, y también a un herrero a fin de que construyera la estructura necesaria para separar y voltear la isla. Tras varios meses de preparativos, por fin llegó el gran día. Una multitud de obreros equipados con camiones de pertrechos acudieron al lugar para poner manos a la obra.
Pero pasó el tiempo y Lozier, no apareció. La multitud, dolida de haber sido tan crédula, juró buscarlo para vengarse. Lozier permaneció algún tiempo oculto, sin ganar nada de ese lance salvo, acaso, una grata satisfacción.